13 agosto 2012

Contrapeso

En el pasillo que va de la entrada a la pequeña sala de su departamento, Vernon Sando encendió un cigarrillo y se quitó la chaqueta antes de abrir la ventana y arrojar el fósforo usado hacia el terreno baldío que yace cuatro pisos más abajo. Una luz anaranjada cubrió su torso. Ya en la cocina, Vernon sacó una taza de la alacena y cuando ponía agua a calentar se dio cuenta de que no quedaba ni una pizca de café. Irritado, bajó las escaleras a toda prisa pero antes de llegar a la puerta de calle vio a Sue Ellen, su vecina de piso, llorando derrumbada en el primer escalón.

La noche anterior Vernon había salido a cumplir su última asignación. El mensaje de voz que recibió hace dos semanas contenía todas las instrucciones necesarias, básicamente debía matar a un anciano que vivía al final de la calle, en su mismo barrio. Según sus propias reglas, no debía acometer el trabajo, sin embargo, tras investigar un poco, se decidió a hacerlo: el viejo no era más que un solitario, trastornado y obsesionado con la lectura de los rusos decimonónicos.
Vernon entró al departamento del anciano y lo esperó en su cuarto a que regrese de hacer las compras. Sabía de antemano que no habría alarmas y que las escaleras para incendios estarían sin vigilancia, lo único con lo que no contaba era encontrarse al gato de Sue Ellen hurgando entre la ropa del armario del viejo. Era el mismo, estaba seguro, tenía aquella mancha gris sobre su pelaje negro y la inconfundible correa dorada con el cascabel en forma de manzana. Era el gato de su vecina, aquella horrible máquina de maullidos capaz de saltar hasta tu cara en el momento menos pensado. Lo dejó allí, no era su asunto. Se dirigió hasta la cama y esperó debajo de ella. Casi una hora después llegó el viejo, Vernon oyó un sonido de fundas y golpes secos y luego, tras un par de minutos, la puerta del dormitorio se abrió. Vio los pies de su víctima mientras dejaba un vaso en la mesa de noche, cerraba las persianas y se desvestía camino del baño. Vernon puso un somnífero líquido y sin sabor en el vaso, y esperó. Cuando el viejo salió del baño y cayó tendido en la cama, Vernon se levantó y cuidadosamente insertó un supositorio con una dosis mortal de barbitúricos en el ano del viejo. El trabajo estaba hecho.
Antes de salir, Vernon vio una funda colgando de una pared, como un cuadro, alguna masa viscosa y oscura reposaba en su interior. Al acercarse, Vernon se dio cuenta de que la funda contenía al gato desmembrado de su vecina nadando en su propia sangre. Pero allí lo dejó, una vez más no era su asunto.
Vernon Sando, al salir del edificio del anciano, encendió un cigarrillo y paró un taxi, fue hasta la casa de Carmen Domínguez, una pintora puertorriqueña con la que había estado acostándose todas las noches por las últimas dos semanas. Cuando llegó, Carmen estaba leyendo un libro nuevo. ¿Qué lees ahora, cariño? preguntó Vernon. Ah, estoy poniéndome al día con Franzen, ¿puedes creer que el personaje principal no quiere que nazcan más humanos en la Tierra y odia a los gatos domésticos? respondió ella. Vernon fumó otro cigarrillo mientras ella dejaba el libro y se desvestía, luego hicieron el amor en el sofá y Vernon terminó dentro de ella.

Sue Ellen se calmó un poco y pudo hablar más claramente. Alguien se había llevado a su gatito, no era posible que escapara, estaba muy encariñado con ella, o así se lo había afirmado a Vernon. De alguna manera, él logró animarla y prometió comprarle una nueva mascota. Ella, aceptando la oferta, y, en recompensa, lo invitó a tomar café. Vernon Sando se sonrió para sí mismo y subió al piso de Sue Ellen. Antes de acostarse con ella le preguntó si había leído a un tal Jonathan Franzen, Sue Ellen dijo que no y Vernon sacó un preservativo de su billetera.

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